
Tú nunca lo llegaste a saber, pero te miraba.
Primero fue en la calle, desde lejos; te veía cada mañana cruzar, camino de clase, cogiendo el 4, que te dejaba a la puerta de la facultad. Luego, en ese mismo autobús, siempre unas filas más atrás, y, alguna vez, por los pasillos de tu facultad.
Hasta ahí era un juego inocente, pero, con el tiempo, fue a más.
Te perdí de vista en verano, y, en Septiembre, no habías vuelto a cruzar la calle, ni a coger el 4. Hasta que volví a encontrarte, un día y sin querer, mientras tendía la ropa, ahí estabas; entre el pequeño hueco de la ventana del piso de enfrente y la cortina de la ducha. Apenas podía ver poco más que una leve fracción de ti, de tu piel desnuda acariciada por el agua. Y, con aquello, me bastaba para rozar el cielo, o así lo creía. No caí en la cuenta de que el deseo, siempre va a más.
Acabé apostado cada mañana, medio escondido, en mi ventana, deseando ver un poco más. Algunos días era así, y esos días me enamorabas. Otros, los fríos, cerrabas la ventana, y tenía que conformarme con tu silueta tras el cristal empañado, y esos días, creo, que llegaba a odiarte, al menos, un poco.
La única verdad era que me obsesionabas, tanto, que, tras marcharte, tras no volver a cruzar la calle, ni coger el 4; tras dejar la facultad y aquel piso, te mudaste a mis sueños. Y, así, muchas noches, haces que mis dedos empapen tu cálido recuerdo, o te odie, cuando, en mis sueños, caprichosa, decides no aparecer.
(¿aún buscas aquella mirilla?)
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La foto es un regalo de alba (gracias, gracias, gracias!)
El texto es cosa de pqueno